EL DÍA EN QUE DESCUBRÍ QUE YO NO ERA YO
No fue un momento místico. Fue un momento incómodo. El día en que entendí que la mujer que yo defendía como “yo” era un personaje bien construido para cumplir expectativas.
Durante años confundí valor con utilidad. Creí que mientras más atendía, más servía y más sostenía, más valía. Me volví eficiente, fuerte, responsable, disponible. Siempre con la mirada puesta afuera, siempre anticipándome a las necesidades de los demás. Y mientras más lo hacía, más reconocimiento recibía. El problema es que nadie notaba que yo me estaba dejando al final. Y yo tampoco lo notaba.
Crecí creyendo que ese era el camino correcto: ser buena hija, buena pareja, buena madre. Seguir el guión prometía estabilidad y felicidad. Cumplí. Hice lo que se suponía que debía hacer. Marqué cada casilla con disciplina.
Pero cuando por fin tuve “todo”, apareció la pregunta que me desarmó: si tengo lo que se supone que hace feliz a una persona, ¿por qué no soy feliz?
Ahí comenzó el verdadero despertar. No porque alguien me fallara, sino porque entendí que yo nunca me había preguntado quién era fuera del deber ser. Yo era la suma de lo aprendido sin cuestionar: mis padres, mis maestros, la iglesia, la sociedad. Ideas repetidas tantas veces que las adopté como propias.
Descubrir eso no fue romántico. Fue incómodo y hasta vergonzoso. Porque implicaba aceptar que muchas de mis decisiones no nacían de la libertad, sino de la necesidad de aprobación. No era víctima de la historia; era corresponsable de haberla sostenido.
Entonces llegó la pregunta correcta: ¿quién soy yo si dejo de cumplir expectativas?
La reconstrucción no empezó con frases bonitas. Empezó con disciplina. Con una lista de acciones diarias que me obligaban a elegirme. Autocuidado básico. Terapia. Límites claros. Decisiones incómodas. Sostener el silencio cuando antes me explicaba de más. Decir no cuando antes decía sí para evitar conflicto.
En medio del caos emocional, esa estructura me dio orden. No me dio una identidad nueva; me permitió empezar a descubrir la mía. Poco a poco dejé de vivir desde el personaje y comencé a vivir desde la coherencia.
Entendí que el verdadero abismo no era perder el guión que me enseñaron; el verdadero abismo era vivir toda la vida sin saber quién soy. Y atravesarlo duele. Pero después del derrumbe no encuentras una olla de oro externa. Te encuentras a ti.
Y cuando eso pasa, la vida deja de ser cumplimiento y empieza a ser elección.
Atrévete a dejar de cumplir. Empieza a elegir. A elegirte a ti.